En tiempos hizo furor en Argentina el psicoanálisis. Había también en el país austral mucho lacaniano. Tienen ahora un buen trabajo de campo para analizar y explicar el por qué de esas catarsis colectivas tan extravagantes, de esta histeria descontrolada por el hecho de que un balón de cuero entre o deje de entrar entre tres maderos con el consiguiente drama shakespeariano o con explosiones de júbilo cercanas al desorden psiquiátrico. Una frustración tan estratosférica por una derrota deportiva puede encerrar algún conflicto psicológico de difícil resolución. Algo patológico parece haber en esa fijación con ser los únicos, los primeros, los campeones, los invencibles. Esa sed de triunfos como si no hubiera un mañana, como si la vida no tuviera sentido en ausencia de victorias sonadas, está pidiendo ya un diván de psiquiatra.
Lo que pasa es que no hay divanes suficientes para tratar tanta teoría conspirativa, tanto síndrome de pueblo elegido para la gloria. Como son los escogidos por los dioses, como no cabe para ellos otra posibilidad que no sea el ganar, no puede haber culpabilidad alguna en comportarse como una banda de facinerosos, como una pandilla de violentos con malas artes.
Yo sugiero que en el próximo Mundial les entreguen la copa antes de la inauguración para que se tranquilicen y se vuelvan contentos a su tierra con los consabidos festejos. Y después, que los demás países jueguen ya el Mundial verdadero.
Recuerdo que en los tebeos de Astérix, Obélix decía en ocasiones: "¡¡ Están locos estos romanos!!" ¿Qué habría dicho de los argentinos de haber presenciado este torneo?
(Texto: Mariano López-Acosta)

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